Una obra minuciosa, milimétrica, que nos lleva por un recorrido de líneas, puntos y manchas.
Formas que deambulan entre siluetas simples, retratos complejos, conejos, figuras geométricas y una paleta llena de tierras se envuelven y conectan en un aura simbólica.
Composiciones pequeñas pero cargadas de alegorías y denuncias se pasean tranquilamente por toda la exposición. Piezas perturbadoramente limpias y un texto casi de tipografía, dejan muy claro su consigna “ningún día sin una línea” al mismo tiempo que hablan de un maniático que va más allá de la técnica.
Manteniéndose fiel al dibujo, a la acuarela, al grabado, su obra es totalmente contemporánea, revelando un espacio propio y vigente donde el concepto tiene un lugar privilegiado sin ser superior al oficio.
Esta exposición silenciosa nos grita al oído que la miremos más de cerca.

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